Bye, bye, Navidad.

Hoy, se clausura oficialmente la Navidad, ¡gracias a Dios!. Digo esto, porque aunque para los de dos patas se ve que es un tiempo muy feliz (se les nota), a nosotros nos resultó bastante agobiante. Por lo menos eso me pareció a mi, que es mi primer año de Navidades "en familia".
La casa se llenó de gente por todos lados, todo el mundo nos acaricia y nos rasca las orejas. Nosotros hacemos gala de una paciencia infinita... (no nos queda otra, porque están por todos lados y no tenemos dónde escondernos, que si no...). Encima nos quitan nuestras camas del salón y ponen en su sitio una mesa grandona, dónde se sentaron a comer y cenar. Cosa rara, porque ellos siempre comen en la cocina. Además, no nos dejaron arrimar la nariz a la mesa, ¡con la de cosas ricas que había puestas encima!. Muchas cosas yo no se ni que eran, pero apetecían sólo por lo bien que olían.
Y, cómo nos negamos en redondo a estar sólos en la cocina y dimos la coña bastante...por aclamación popular nos volvieron a poner las camas en su sitio. Un poco más apretadas, eso sí, pero allí, con ellos. ¡No nos perdemos la jarana nosotros por nada del mundo! Y así en armonía (apretada), transcurrieron las comidas y las cenas. Gente que se levanta, gente que se sienta, platos p'acá, platos p'allá, comida, comida y mas comida (parece que no comieran nunca) Todo pa ellos, a nosotros ná de ná.
De repente, desde mi puesto de vigía, atisbo debajo de la mesa una grande y jugosa miga de pan. Entonces, cual soldado de cuerpo de élite, me arrastro sobre el pecho por el suelo, me cuelo por debajo de la mesa, sorteo un mar de piernas, y...¡que desilusión más grande!¡sólo es una bolita de papel de servilleta! Oigo: "¡Martina! ¿Que haces ahí abajo?"...y yo, salgo pitando de debajo de la mesa y me enrosco en mi cama.
Este trajín lo tuvimos que aguantar estoicamente dos días y dos noches. El día que se comen uvas por la noche decidimos que ya estaba bién de tanta emoción y nos fuimos los dos (por decisión propia, que conste) a dormir a la cocina que creo que tanto ruido nos sienta mal.
Hoy por fin, se acabó todo (creo). Volvieron a venir todos a casa, pero ¡gracias a Dios! no se quedaron a comer. Intercambiaron regalos, se dieron un montón de besos, y... ¡hala!, cada mochuelo a su olivo.
Tengo que decir que cómo experiencia nueva probamos una cosa que se llama turrón, y pa que voy a decir a que sabe, ¡a gloria bendita!.¡Que pena que no nos lo den más a menudo!
Para nosotros no hubo regalos ¿se les olvidaría a los tres de las barbas? Pués de eso nada, me voy a proponer aprender a escribir y el año que viene les mandaré mi propia carta, para que no se les vuelva a olvidar.
Ahora, la tranquilidad vuelve a nuestra casa, y nuestra rutina retorna a ser la misma de siempre. Dormir, sin que nadie nos moleste, que bastante sueño hemos perdido estos días.
¡Hasta el año que viene, Navidad!

2 comentarios:

Cuadonga (Lua y Pompeya) dijo...

Jolines, pues sí que estais bien educados, porque mira que atreverte de milagro a ir a por lo que creias que era una miga de pan!! Me sé yo de una que en casa de mi madre tiró de la cuerda de unos chorizos y los bajó al suelo con plato y todo. Eso cuando no saca la lenguona y lame cualquier cosa que alcance encima de la mesa. Que vergüenza, madre!!
Con lo bueninos que sois no sé como no os dejaron unos regalinos los magos, la verdad. Para el año que viene escribir una carta.
Pompeya pidió que ampliaran la playa y pusieran más gaviotas, y Lua pidió un sofá pa ella sola y paciencia para aguantar a Pompeya, pero al final se conformaron con un collar para cada una. Los magos son así, traen sorpresas.

Que tengais una feliz vuelta a la normalidad.

Lorena dijo...

El año que viene algo os traen Marti ya verás, vamos que si eso hasta te escribo yo la carta jajajajaj
Besos a todos y feliz año!!!

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